Empiezan a subir las temperaturas y con ellas el deseo de cambiar de perfume.

El gusto por las fragancias frescas y ligeras en verano parece que es universal y tiene su porqué.

Cambiar de perfume no es un mero capricho, sino que obedece a nuestras emociones.

 

Según se suceden las estaciones, con cada cambio de armario, se nos suele ¿antojar? cambiar de perfume también. Muchas veces no es un acto consciente y obedece más a un reflejo instintivo. La mayoría nos perfumamos según el mood de la estación o del momento. No es algo tan extraño si se tiene en cuenta que el sentido del olfato está íntimamente vinculado a las emociones, y lo mismo que existe una psicología de los colores, existe una psicología de los olores muy ligada a nuestras experiencias vitales. Eso, unido al irrefrenable deseo de probar algo nuevo, nos genera esa apetencia de cambiar de perfume. Aunque siempre hay quienes buscan (y a veces encuentran) ‘su’ fragancia convirtiéndola en una extensión de su identidad y a la que declaran amor eterno, capaz de resistir a otras tentaciones olfativas. En realidad, el gesto de perfumarnos, como otros rituales de belleza, tendemos a cambiarlo según las circunstancias. Y también por eso con la llegada de la primavera y el verano nos gusta la compañía de los aromas más enérgicos, ligeros y frescos, mientras que en otoño, optamos por fragancias más relajantes y ‘recogidas’ o en invierno agradecemos las notas más envolventes y cálidas. El verano huele a la brisa marina al atardecer en una isla del Mediterráneo. En cualquier caso, recalca, “nada es obligatorio en el territorio de las emociones olfativas”.

Tiempo de fragancias frescas, algo más que un cliché

La práctica de cambiar de perfume cuando suben las temperaturas es incuestionable. Y compartida en todo el planeta. Y es que, al igual que nos despojamos de las prendas de tejidos densos para vestir ropa más liviana, el cuerpo pide composiciones ligeras con notas frescas, de acentos acuáticos, aromáticos, ozónicos o cítricos que evocan una sensación ‘radiante’ que el cerebro interpreta como “refrescante’. Las fragancias cítricas, aromáticas y florales se prestan mejor a nuestra piel en verano, “pero no hay familias o facetas olfativas que no sean adecuadas para el verano”. Incluso perfumes de base amaderada que podrían resultar más invernales pueden modificar su carácter cálido al introducir otros matices que los hacen idóneos para los gustos estivales. “Todo depende de cómo se combine la estructura olfativa”.

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Artículo de Carmen Lanchares para VOGUE (https://www.vogue.es/belleza/articulos/por-que-cambiar-de-perfume-veran)